En su excelente y concienzudo estudio sobre los hórreos vizcaínos, el incansable conservador del Museo Etnográfico de Bilbao, D. Jesús de Larrea lamenta con sobrada razón que el hórreo, tan lleno de gracia dentro de su natural rusticidad, vaya desapareciendo poco a poco.

Efectivamente, sólo se encuentran raros ejemplos bien conservados, viéndose los demás en estado lamentable, con remiendos de gusto discutible que transforman por completo su primitivo aspecto.

La primera imagen de un horreo que llega a la cabeza es su similitud con los palafitos, construcción sobre columnas que se utilizaban en zonas húmedas... que se expandieron por todo el Mediterraneo. En época romana, Varron hablará de los horreum que designaba al almacén en general: horreum vinaria, almacén de vino; horreum subterranea, almacén subterráneo; o el horreum pensilis, almacén colgado, también llamado "granaria sublimia". Hórreo en castellano, orri en catalán u orru en bable o en asturiano. Y en euskara garea, gareia, garaixea o garaia... 

El hórreo vasco o garaixea se utilizaba para guardar el grano, lejos de roedores y de la humedad. Las columnas y las tornarratas, piedras circulares, impedían la subida de los roedores. 

A partir del siglo XVII se difundió el cultivo del maíz americano en los campos del País Vasco y las cosechas de trigo quedaron reducidas al volumen imprescindible para pagar las rentas del alquiler de la casa y los tributos eclesiásticos. El maíz necesitaba un proceso de secado diferente del trigo y los hórreos vizcainos no evolucionaron en la dirección necesaria para acogerlo. El nuevo cereal pasó a ocupar la planta superior de los caseríos y el hórreo cayó en un proceso de decadencia irreversible.

Muy parecidos a los hórreos asturianos, los vizcaínos tienen sin embargo un aspecto sui generis inconfundible.

En muchos caseríos donde ya no se ven hórreos, se encuentran de cuando en cuando vestigios de ellos, principalmente los poyales «posties» en forma de pirámide truncada sobre los cuales descansaban las piedras redondas que servían de tornaratas. Un ejemplo patente es el de Berriz donde con dos poyales de hórreo se ha construído un curioso pie-derecho que no puede disimular su origen.
También en la pequeña ermita de San Martin de Gaztelúa, uno de los piesderechos del pórtico descansa en un poyal procedente de un hórreo. La forma básica que tenían estos pequeños edificios queda suficientemente demostrada en el ejemplo de Mendiola donde los pies son conos truncados.